La administración pública argentina tiene un secreto que muchos desconocen: funciona con un sistema de controles que es más riguroso de lo que se cree. No es perfecto. Tiene grietas. Pero existe. Y cuando funciona bien, es porque hay instituciones invisibles trabajando para que la integridad sea posible.

El problema es que nadie lo cuenta. Porque los controles que funcionan no generan titulares. Lo que genera titulares es la corrupción detectada, el funcionario preso, la denuncia escandalosa. Pero el trabajo silencioso de prevención, de sistemas de control, de canales para denunciar — eso no sale en las noticias.

El sistema de control patrimonial

Todo funcionario público que entra en la administración estatal debe presentar una declaración jurada de bienes e ingresos (DDJJ). No es un trámite burocrático menor. Es un mecanismo de control fundamental.

La idea es simple pero poderosa: si el Estado sabe qué tenía cuando entró, puede saber si después enriqueció ilícitamente. Si un funcionario declara que entró con poco patrimonio y sale siendo propietario de tres departamentos, eso debería generar preguntas.

El problema no es la existencia del sistema. El problema es que muchas veces no se usa como debería. Pero en organizaciones donde esto se toma en serio — donde hay alguien verificando que las DDJJ sean consistentes, donde se usan como herramienta de control real — la corrupción se hace más difícil.

Eric Salomone Strunz revisando declaraciones juradas y documentación patrimonial — control de enriquecimiento y transparencia en ENARGAS, administración pública argentina
El control patrimonial comienza con este gesto: revisar, verificar, documentar.

Los canales de denuncia y la cultura de la transparencia

Una administración pública madura tiene canales de denuncia. Líneas internas donde los empleados pueden reportar irregularidades. Oficinas de ética o de integridad. En algunos organismos hay ombudsman internos. Todo esto existe en Argentina, más o menos institucionalizado según el sector.

Pero hay algo más importante que los canales: la cultura que los rodea. Si un empleado denuncia una irregularidad y después es retaliado, la denuncia se convierte en un riesgo. Si denuncia y nadie lo sabe, si se investiga silenciosamente y se toman acciones, entonces la denuncia se convierte en una herramienta de control.

La Oficina Anticorrupción existe a nivel nacional. Es imperfecta, a menudo carece de recursos, pero existe. Y su existencia significa que hay, en teoría, un lugar donde los ciudadanos pueden denunciar cosas que suceden en la administración pública.

"Una administración pública que funciona bien es aquella donde existe confianza en que si hago algo incorrecto será descubierto, y donde sé que la denuncia de una irregularidad será tomada en serio."

El rol de Recursos Humanos en la integridad institucional

Aquí es donde viene mi rol, y donde creo que está una de las claves. Recursos Humanos no debería ser solo una oficina de expedientes de personal. Debería ser el guardián de la cultura institucional.

Cuando contratas gente, deberías contratar basándote no solo en capacidad técnica sino en integridad. Cuando un empleado comete un acto de corrupción, despedirlo tiene un valor que va más allá de sancionarlo: es un mensaje. Es decir a toda la organización: "acá se toman en serio las cosas".

RRHH es responsable de que los nuevos empleados entiendan, desde el primer día, cuáles son los estándares éticos de la organización. Es responsable de capacitar en integridad. De crear espacios donde la gente pueda formular preguntas sobre qué es correcto e incorrecto sin sentir que está siendo investigada.

Y es responsable de tomar acciones cuando hay irregularidades. No porque RRHH sea policía, sino porque RRHH es quien crea el clima institucional donde la integridad es posible.

La violencia burocrática de la corrupción

Hay un concepto que el sociólogo Pierre Bourdieu desarrolló: la violencia simbólica o institucional. Es la violencia que no se ejerce con armas, sino con instituciones. Cuando una institución falla, cuando un trámite que debería demorar una semana demora tres meses, cuando un funcionario corrupto retiene un expediente para extorsionar — eso es una forma de violencia.

La corrupción no es solo un problema moral. Es una forma de violencia contra los ciudadanos. Porque les genera daño: les quita acceso a servicios, les cuesta dinero, les roba tiempo, los humilla.

Un Estado que funciona bien es un Estado que previene esta violencia. Y la previene a través de sistemas de control, de canales de denuncia, de gente en las instituciones que toma en serio la integridad.

La corrupción es un problema estructural, no individual

Cuando hablamos de corrupción, tendemos a imaginarnos al funcionario corrupto: el que pide soborno, el que se roba recursos. Pero ese es solo un aspecto del problema. La corrupción real es estructural. Es lo que pasa cuando los sistemas fallan, cuando no hay manera de denunciar, cuando la gente que intenta hacer lo correcto es castigada.

Por eso no basta con castigar a los corruptos. Hay que construir sistemas que hagan la corrupción difícil. Declaraciones juradas verificables. Canales de denuncia que funcionen. Liderazgo que demuestre que la integridad es importante. Recursos para investigar irregularidades.

Y hay que entender algo crucial: en la administración pública, el liderazgo en integridad tiene que venir desde adentro. No puedo esperar que el exterior me vigile. Tengo que construir una cultura donde la gente, internamente, se vigile a sí misma porque cree que lo correcto es correcto.

Cuando el Estado funciona bien

Un Estado que funciona bien es casi invisible. El ciudadano no lo ve. Viene a un organismo, hace su trámite, encuentra gente profesional, integra, que hace su trabajo sin pedirle dinero, sin retrasarlo, sin humillarlo. Y se va sin saber que detrás de eso hay un sistema completo de controles, de capacitación, de verificaciones.

Eso no es magia. Es trabajo. Es gente en Recursos Humanos cuidando que se contraten bien. Es supervisores revisando que los procesos se sigan. Es canales de denuncia que funcionan. Es liderazgo que dice: "acá la integridad no se negocia".

Eric Salomone Strunz en posición de análisis institucional — la integridad y el control como pilares de la gestión pública en ENARGAS, denuncia de irregularidades y transparencia
La integridad no es una declaración de principios. Es una postura que se mantiene aun cuando nadie mira.

Mi trabajo, como Gerente de RRHH y Relaciones Institucionales en ENARGAS, es construir y mantener eso. Es ser el guardián de esa cultura. Porque sin ella, toda la estructura se quiebra. Y con ella, todo lo demás funciona.