El Estado no es una empresa
Suena obvio, pero no lo es. En el sector privado, si necesitas que algo suceda, generalmente tienes dos herramientas: dinero o despido. En el Estado, tienes palabras, relaciones y paciencia. Mucha paciencia.
Aprender a gestionar sin esas dos herramientas es como aprender a conducir sin el acelerador. Se puede. Pero necesita otra comprensión del vehículo. En veinte años, la mayor parte de mis fracasos han venido de no respetar esa diferencia. He intentado acelerar procesos que no podían acelerarse. He querido exigir resultados con los mismos plazos que en una empresa privada. He chocado contra la realidad: el Estado tiene ritmos propios. Tiempos políticos, tiempos administrativos, tiempos de consenso. Aprender a leer esos ritmos es el 80% del trabajo.
El enemigo real no está donde creés
No son los empleados ineficientes. No es la falta de presupuesto. Es la desconfianza acumulada durante décadas de promesas incumplidas.
Décadas de cambios de gestión, de líderes que llegaban con planes y se iban dejando ruinas — todo eso se sedimenta en el cuerpo de una organización. La gente deja de creer. Y cuando la gente deja de creer en los líderes, deja de creer en los cambios. Se vuelve defensiva. Se protege. Y tienen razón en hacerlo.
Mi trabajo real, entonces, no ha sido implementar políticas. Ha sido reconstruir credibilidad. Lentamente. Con actos, no con palabras. Diciendo qué voy a hacer y haciéndolo. Diciendo qué no voy a hacer y no haciéndolo. Defendiendo a mi gente cuando era difícil. Siendo transparente cuando era más fácil mentir.
"Un equipo que confía en su líder produce. No porque sea mejor persona, sino porque deja de gastar energía en defenderse y la puede usar en trabajar."
Eso suena a virtud moral, pero es puro pragmatismo. Un equipo que confía en su líder produce. No porque sea mejor persona, sino porque deja de gastar energía en defenderse y la puede usar en trabajar.
La incertidumbre es el clima permanente
Todo puede cambiar en una elección. Un plan que costó dos años construir puede desaparecer en dos semanas. No hay fórmula mágica, pero sí una estrategia que funciona.
He visto buena gente destruida por esto. He visto carreras paralizadas, proyectos abandonados a mitad del camino, equipos que nunca llegaron a ver el fruto de lo que plantaron. No hay fórmula para esto. Pero lo que funciona es crear valor dentro de lo que puedes controlar.
Si sé que tengo dieciocho meses con esta gestión, trabajo en cosas que en dieciocho meses den fruto. Fortalezco gente, no acumulo poder. Genero relaciones, no enemigos. Cuando el cambio llega — y llega — algo de lo que hicimos permanece, aunque sea en la gente que formé.
Acá no gestionás recursos. Gestionás vocaciones.
En el Estado, el objetivo no es producir sino servir. Eso cambia fundamentalmente cómo debés relacionarte con las personas que liderás.
Algunos de mis compañeros dejaron empleos privados mejor pagados para trabajar aquí, muchas veces por una razón simple: querían que su trabajo importara para alguien que no fuera un accionista. Honra eso. Nunca lo olvides. Esa persona que gana menos dinero y trabaja más horas por la administración pública merece ser tratada como lo que es: alguien que eligió servir.
"La gestión de personas es una disciplina del corazón disfrazada de administración. La transparencia es la única divisa que no pierde valor en ninguna gestión."
En veinte años aprendí que la gestión de personas es una disciplina del corazón disfrazada de administración. Que la transparencia es la única divisa que no pierde valor en ninguna gestión. Que un equipo leal no se compra con dinero, se construye con consistencia. Y que en el Estado argentino, donde todo es precario y todo cambia, lo único que permanece es la gente que cuidaste y que supo que tú lo hiciste.
Eso no está en ningún manual. Pero es lo único que de verdad importa.
