Hay una situación que aprendí a reconocer antes de que explote. Alguien entra a una sala con una propuesta sólida — números prolijos, análisis cuidado, lógica inobjetable. Presenta. El otro lado escucha en silencio. Al final, un "lo vamos a analizar" que nadie en la sala cree. La persona sale convencida de que el problema es la irracionalidad del otro. Rara vez se pregunta si el problema fue su lectura de la situación. Y casi nunca lo fue.

Eso pasa en el Estado argentino todo el tiempo. Y pasa porque la negociación en el sector público tiene reglas que ningún manual de Harvard contempla — no porque sean difíciles de aprender, sino porque para escribirlas necesitás haber estado adentro cuando las cosas se rompieron.

Eric Salomone Strunz en reunión de trabajo institucional — negociación en el sector público argentino
La mesa de negociación en el sector público no es un tablero neutral. Es un espacio cargado de historia institucional.

Lo que los negociadores de crisis saben y los gestores del sector público ignoran

Los negociadores de rehenes aprenden algo en los primeros días de entrenamiento que la mayoría de los gestores institucionales nunca aprende: en las primeras horas, el objetivo no es resolver el problema. Es crear las condiciones para que haya una conversación posible. Son dos cosas completamente distintas, y confundirlas es el error más caro que existe en una negociación difícil.

Eso se llama rapport. No en el sentido de simpatía superficial ni de técnica de espejo corporal que enseñan en los cursos de un día. Rapport en el sentido estricto: la señal inequívoca de que la persona que tenés enfrente te ve como una persona, no como un obstáculo a remover. Esa señal se procesa antes que cualquier argumento. Antes de que haya un solo número sobre la mesa, la contraparte ya decidió si hay espacio para el acuerdo o no.

Recuerdo una negociación que llevaba cuatro reuniones sin moverse. Los números eran razonables para ambas partes. El marco legal era claro. Y sin embargo, cada encuentro terminaba igual: posiciones inamovibles, temperatura alta, sensación de que estábamos más lejos que antes de empezar. En la quinta reunión llegué sin propuesta. Sin papel. Sin nada que presentar. Me senté y pregunté cómo venían. No como fórmula de cortesía — como pregunta real, con tiempo para responderla. Veinte minutos después, alguien del otro lado dijo algo que nadie había dicho antes: que sentían que cada reunión era un trámite para que firmáramos lo que ya estaba decidido. Ahí estaba. No era el contenido. Era que no se sentían parte del proceso. Eso que parecía inactividad — no proponer nada, sostener el silencio — fue el trabajo más productivo de toda la negociación.

"El que llega con la solución antes de haber escuchado el problema real no negocia. Presiona. Y en el Estado argentino, la presión produce exactamente lo contrario de lo que busca."

El silencio incomoda. Especialmente a los que tienen urgencia de resolver. Pero en una negociación tensa, el silencio sostenido — ese momento en que dejás de hablar y esperás — es una de las herramientas más precisas que existen. Le da al otro el espacio para decir lo que no iba a decir si vos seguías hablando. Y casi siempre, lo que dice en ese espacio es lo que estaba trancando todo.

La diferencia entre lo que se dice y lo que está en juego

El sector público argentino tiene una característica que lo distingue de cualquier entorno de negociación que yo haya estudiado en un libro: la historia pesa más que los argumentos. No porque la gente sea irracional. Exactamente por lo contrario.

Cuando un equipo lleva diez años en un área y llega alguien con una reorganización, la resistencia que aparece casi siempre se formula en términos técnicos — "el procedimiento tiene fallas", "la norma no lo permite", "el timing es incorrecto". Todo eso puede ser verdad. Pero debajo de esa resistencia técnica hay una pregunta que nadie formula en voz alta: si cambian esto, ¿qué queda de lo que construimos? Responder los argumentos técnicos sin tocar esa pregunta es ganar un debate y perder la negociación. La resistencia técnica vuelve sola, con otro nombre, en la próxima reunión.

He visto conflictos laborales donde el eje visible era económico y el problema de fondo era que nadie le había prestado atención real a esa área durante años. Los números eran el idioma en que se expresaba la queja. Pero la queja era otra. Cuando eso se nombra explícitamente — no como técnica de empatía estratégica, sino porque realmente lo entendés — el clima de la sala cambia antes de que haya un solo número sobre la mesa. No porque hayas concedido algo. Porque reconociste lo que estaba realmente en juego.

Eric Salomone Strunz — liderazgo y negociación en el sector público argentino
Antes de presentar cualquier propuesta, hay que entender qué está en juego para el otro. No en el papel — en la práctica.

El argentino negocia identidad, no posiciones

Hay algo en la negociación con interlocutores argentinos — en el sector público especialmente — que ningún análisis académico termina de capturar del todo: a la mesa no solo vienen los intereses. Viene la historia personal. El orgullo de haber sostenido algo en condiciones difíciles. La narrativa de quién es esa persona, qué construyó, qué defendió cuando nadie lo miraba. Si la propuesta que recibe amenaza esa narrativa — aunque sea técnicamente impecable, aunque económicamente sea superior — la rechaza. No porque no le convenga. Porque lo que está en juego no es lo que figura en el orden del día.

La desconfianza institucional en Argentina no es una falla cultural que haya que corregir. Es una respuesta racional perfectamente calibrada a décadas de experiencia concreta. El acuerdo de hoy puede no existir mañana. El que promete puede no ser el que ejecuta. En ese contexto, el "no" inicial no es obstinación — es una posición de dignidad antes de que se sepa si el que está enfrente merece crédito o no. El regateo, la queja como táctica, el "hay que ver" que nadie cree — son todas respuestas racionales a un entorno de baja confianza institucional.

El que llega sin entender eso llega a hacer declaraciones, no a negociar.

"El 'no' inicial en el Estado argentino casi nunca es el fin de la conversación. Es la apertura. La primera señal de que el otro todavía no tiene suficiente razón para decir que sí. El que lo entiende sigue. El que no lo entiende se va convencido de que es imposible negociar con esta gente."

El tiempo no es el enemigo. La urgencia artificial sí.

Hay una presión que aparece en casi todas las negociaciones institucionales: el plazo. Externo, político, presupuestario. Alguien necesita que esto esté cerrado antes de tal fecha. Y esa urgencia se traslada a la mesa como si fuera una herramienta de cierre. No lo es. Es exactamente lo contrario.

La urgencia impuesta desde afuera produce acuerdos de superficie. Se firman. Y después no se cumplen, o se cumplen a medias, o generan un conflicto posterior peor que el que se intentó resolver. He visto ese ciclo repetirse lo suficiente como para tenerle más miedo a un acuerdo apresurado que a una negociación que se extiende.

En aquella negociación de cuatro reuniones sin movimiento: cuando en la quinta reunión entendí que el problema era el proceso y no el contenido, propuse explícitamente frenar. Darle tiempo al otro lado para sus consultas internas, para su propia validación. La sala cambió de temperatura en el momento en que dije eso. Sin tocar un número, sin modificar un punto de la propuesta, llegamos a un acuerdo en tres días que cuatro semanas de reuniones no habían podido producir. Lo que desbloqueó no fue la concesión. Fue reconocer que los tiempos de la otra parte son tan válidos como los propios.

El tiempo bien usado no es tiempo perdido. Es la diferencia entre un acuerdo que dura y uno que hay que renegociar en seis meses.

El error del que llega con el framework a negociar en la administración pública

Cada cierto tiempo aparece alguien con la metodología que el Estado argentino estaba esperando. Llegan con matrices de intereses y posiciones, con los cuatro cuadrantes del modelo de Harvard, con talleres de escucha activa para equipos de gestión. Las herramientas no son malas. El diagnóstico es el problema: asumir que lo que falta es el método.

Lo que falta, casi siempre, es el vínculo.

En el Estado argentino se negocia con personas, no con instituciones. El cargo importa menos que la historia. Quién sos importa menos que qué hiciste cuando las cosas se complicaron y nadie te miraba. La propuesta técnicamente superior tiene menos peso que la propuesta que viene de alguien que demostró, en el tiempo, que cuando dice algo, pasa. Cuando alguien llega sin historia en el sistema, sin relaciones construidas en la adversidad, sin haber estado presente cuando se necesitaba — lo que produce es un rechazo que tiene forma de argumento técnico pero es, en el fondo, una respuesta a la ausencia de vínculo. No es irracionalidad. Es exactamente lo que corresponde.

Eric Salomone Strunz trabajando en gestión pública — negociación institucional en ENARGAS
Los acuerdos que duran no se construyen en una tarde. Se construyen con tiempo, con historia, y con consistencia sostenida.

Lo que funciona, en la práctica

No tengo un sistema. Tengo certezas construidas en años de errores con consecuencias reales.

La primera: separar el momento de escuchar del momento de proponer. No se pueden hacer al mismo tiempo. Cuando se mezclan, la escucha se convierte en instrumento y el otro lo percibe antes de que te des cuenta. La escucha genuina no tiene agenda oculta. Su único objetivo es entender, sin construir respuesta todavía. Eso que parece pasividad es el trabajo más difícil de la negociación.

La segunda: nombrar lo que está realmente en juego. Hay una distancia enorme entre "entiendo que están en desacuerdo con esta propuesta" y "entiendo que esto pone en cuestión algo que construyeron durante años en condiciones difíciles". La primera fórmula reconoce el dato. La segunda reconoce la persona. Solo una de las dos cambia el registro de la conversación.

La tercera: distinguir paciencia real de paciencia táctica. El otro las distingue perfectamente. La paciencia táctica es una técnica de negociación y se percibe como tal — produce defensividad, no apertura. La paciencia real viene de entender genuinamente que los acuerdos sostenibles no se producen en una tarde, y que el tiempo que llevan no es un costo: es parte de lo que los hace sostenibles.

Y la cuarta — la que más tardé en aprender — es que la negociación más difícil no ocurre en la sala. Ocurre antes de entrar. La pregunta que me hago antes de cualquier negociación importante no es "¿cómo los voy a convencer?". Es "¿qué entiendo del lugar desde donde hablan?". Si no puedo responder eso con honestidad, no estoy listo. Entrar sin esa respuesta no es negociar. Es improvisar con buenas intenciones.

Los problemas en el Estado no se resuelven. Se administran mejor o peor. La diferencia entre administrarlos bien y mal casi siempre pasa por una sola variable: si alguien se tomó el tiempo de entender qué estaba realmente en juego para el otro, antes de poner la primera propuesta sobre la mesa. No como técnica. Como comprensión genuina. Esa diferencia, que en un manual de negociación aparece en el primer capítulo y en la práctica se ignora sistemáticamente, es lo que separa los acuerdos que duran de los que hay que renegociar.